Muchos tutores caninos o futuros propietarios temen a ese momento, pero siempre acaba llegando:

Tarde o temprano, el perro nos deja de manera definitiva.

Muchas veces es una experiencia desagradable debido al vínculo que se genera con los mismos y a la intimidad y afinidad que tenemos con nuestras mascotas. Por circunstancias a veces predecibles otras no tanto, el hecho es que las mascotas perecen antes que los humanos y hacen compañía a las personas durante un periodo importante.

Normalmente el vínculo entre la persona y el animal se asocia, en niños, con el juego; en adolescentes, se asocia como un confidente , al igual que ocurre en personas que están pasando un proceso incómodo en su vida cómo puede ser un divorcio o un duelo. Con respecto a las mujeres, suelen asociar el vínculo con el animal al cuidado, al apego, o a la dependencia. Los hombres, por su parte, suelen asociarlo como una herramienta de utilidad, por ejemplo, para dar paseos o para ayudarles en ciertas actividades como puede ser el pastoreo .

Pero por muy fuerte que sea la unión entre el humano y el animal, el hecho es que muchos tutores caninos, cuando fallece su perro, tienen en mente adquirir otro; puesto que es importante para ellos convivir con una mascota y se han habituado a los beneficios que esto les puede suponer.

La experiencia puede ser muy positiva si existe un esfuerzo por conocer y disfrutar junto al nuevo miembro de la familia. Clic para tuitear

No obstante, a veces, las ganas de recuperar ese vínculo con el animal fallecido superan a la razón. Bien es sabido que el sentido común es el menos común de los sentidos, por ello algunos se precipitan y adquieren demasiado pronto otro animal de compañía, normalmente de características físicas similares al que ha fallecido, para suplir esa necesidad emocional.

Sin embargo, es recomendable respetar el duelo hacia la mascota, tanto por lo que puede suponer psicológicamente para el propietario como para las consecuencias que puede tener para el futuro perro cuando llegue al domicilio.

Estas consecuencias se refieren sobre todo a las expectativas que puede volcar el tutor canino en el nuevo perro. Por ejemplo, puede tener repercusiones nefastas comparar el comportamiento del anterior animal con el nuevo, situando el nivel de exigencia muy alto sin dejarle apenas tiempo para adaptarse.

En este sentido las personas pueden llegar a correr el riesgo de, por volcar demasiadas expectativas sobre el animal, no cubrir adecuadamente sus necesidades. Pueden llegar a olvidarse de que cada perro tiene su personalidad, sus procesos de aprendizaje, sus velocidades, y sus experiencias vitales, en función de las cuales reaccionará de una determinada manera u otra ante los estímulos que se le vayan presentando. Lo que le gustaba al anterior perro no tiene porqué gustarle al nuevo y viceversa.

Por tanto, es importante tener en cuenta, antes de exigir al perro cualquier cosa, la edad del perro nuevo; la raza; el dónde lo hemos adquirido; el tipo de experiencias que el perro ha podido vivir en ese entorno y, lo más importante, procurar conocer al nuevo perro, tanto su personalidad como sus capacidades y limitaciones.

Además, hay que tener en cuenta que las comparaciones son odiosas. Por ello, cualquier comparación del nuevo perro con el anterior va a generar muchas tensiones en la convivencia, y no va a ayudar a la relación entre el perro y sus tutores caninos.

También hay que tener en cuenta que nunca se educa a un perro igual que a otro. Cuando un peludete fallece, es un animal envejecido, con unos (aproximadamente) 15 años de edad. Por tanto, han pasado 15 años desde que los tutores caninos educaron a un cachorro por última vez. Esa “cachorrez”, además, dura unos meses comparado con el resto de vida del perro.

Por ello, aunque se suela escuchar la frase “¡pero si he educado a este perro igual que al anterior!”, ésta no suele ser acertada. Y, es que, las circunstancias son diferentes: puede haber sucedido un cambio de domicilio, la presencia de niños o no, la edad de los tutores caninos…

Para el perro, no contemplar esto puede suponer algo terrible. Hay que tener en cuenta que si lo que se introduce en el domicilio tras el fallecimiento de la mascota es un cachorro, va a tener comportamiento de cachorro. Esto significa que tendrá que adaptarse de nuevo a un domicilio, a unas pautas, a una rutina, a una familia, etc. Para él son todo olores nuevos, sensaciones nuevas, sonidos nuevos y estímulos nuevos.

Hay que dejar que el perro haga lo propio de su especie. Si le exigimos más al perro de lo que él puede darnos en función de su edad, su personalidad y sus capacidades, esto puede generar una frustración, porque puede sentir que no es valorado por su actitud, sus logros, y su manera de hacer las cosas.

En resumen, es lógico que muchos tutores caninos deseen repetir la experiencia de convivir con un perro, pero no hay que dejar de tener en cuenta que cada individuo es diferente, que las circunstancias cambian, y que la experiencia puede ser muy positiva si existe un esfuerzo por conocer y disfrutar junto al nuevo miembro de la familia.

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